sábado, 2 de febrero de 2013

Relato: Años de plomo.

“Doctorcito, a usted lo siento como a mi hijo”.
                                                                                          Por Rodaballo
                    
      Elena, de 83 años, gringa linda y de ojos verdes-azulados, la conocí  en 1995, santiagueña de nacimiento, de ascendencia italiana, viuda desde hace 20 años; jamás le vi mal día, siempre con una sonrisa  a flor de labios
      Esta bella mujer que le encantan las plantas y las flores, se maneja sola, es autosuficiente, vive con Adela su única hija, o al menos  así yo lo había asumido; asistió y asiste sin acompañante desde la primera consulta, es decir desde que la conozco hace diez y seis años, y desde entonces nos reencontramos con un beso reconfortante de recepción y otro de despedida.
      Hace cuatro años, más o menos, llegó a expresarme: “Doctorcito, a usted lo siento como a mi hijo”, a lo cual le respondí: “Bueno Elenita, gracias, pero usted también la tiene a Adela y a su nieto (hijo de Adela)”, y hasta donde yo recuerde, Elena no agregó nada en particular a mi comentario, simplemente con una sonrisa finalizó ese tramo de la conversación.
      Hace tres años, toma estado público en esta ciudad, el procesamiento a personas acusadas por  crímenes de lesa humanidad, ocurridos en 1977, y de tanta insistencia del tema en los medios, me avoqué  en particular, al asesinato de Cecilio, un estudiante de abogacía de 17 años, que los organismos de DD.HH reclamaban con insistencia.
      La figura y la presencia del otrora joven Cecilio se hizo carne en la sociedad santiagueña, y a esta altura de la información, tenía yo suficientes datos  para sospechar  que Elena era la mamá de Cecilio, o que Cecilio había sido su hijo.   
      ¿Cómo hizo esta hermosa mujer, en tantos años de asistencia a mi consultorio, para que jamás ofreciera indicios medianamente orientativos y que mi intelecto jamás se percatara que   muchos años  atrás ella había perdido cruelmente a su único hijo varón?  
      En el último tiempo, Elena comenzó -diría- tímidamente a expresarme que su vida se había alterado un poco, y creía que la “presión”  -“por ahí”- le subía de más e inclusive algunas noches no podía conciliar el sueño, a lo que redoblé mis esfuerzos profesionales para que mantuviera su vitalidad y, en lo posible,  su armonía y sonrisa, lo cual creo, casi nunca perdió.
      Definitivamente participé como médico en el Juicio Oral y Público que se llevó a cabo en Santiago del Estero, durante seis semanas, y que concluyó el 1° de Noviembre del año próximo pasado, con la sentencia que determinó la culpabilidad de tres policías en el asesinato de Cecilio, allá por 1977.
      Durante el mes largo que asistí como médico de las audiencias, me encontré con Elena en cuatro  oportunidades; la primera, cuando unos de los testimoniantes,  en calidad de íntimo amigo de Cecilio, brindó una semblanza precisa y conmovedora del joven asesinado a los 17 años; por supuesto, durante el relato, con una sala colmada y yo sin despegar la vista de Elena, me fui acercando a ella, mientras rompía en un  llanto  inconsolable, y simplemente atiné a abrazarla fuertemente, y despejarles los cabellos de sus ojos, bebió un par de sorbos de agua, y al instante me dijo ” Ya estoy bien, Doctor, gracias, gracias….”; la segunda fue cuando Elena fue a  escuchar testimonios de ex  presos políticos (amigos de Cecilio) exiliados y que no habían regresado al país, pero en este caso en especial sí lo hicieron; uno de ellos narró con lujos de detalles las atrocidades y crueldades que ejercieron en la persona de Cecilio en cada tortura; todo esto en presencia de Elena, que si bien fue alertada y prevenida de lo traumático que sería para su persona, decidió estar presente y escuchar todo lo que se dijera; con la sicóloga realizamos un esfuerzo descomunal al final de la jornada para calmarla y,  creo, lo logramos a medias, nos desbordó…, confieso…, que esa noche llegué a mi hogar angustiado, desarmado, abatido, con dudas de continuar en el juicio, puedo afirmar que no pude comer, tampoco dormir.
      Saqué fuerzas, lo hablé con mi señora y me ayudó a continuar, y así fue que volví a encontrarme con Elena cuando uno de los testigos, docente  de Cecilio por aquellos años, dio un testimonio que aún revuelve mis entrañas.                       
      Samuel Rosemberg, doctor en sociología, hombre de 65 años, de mediana estatura, cabello canoso y  facie rubicunda, vestía aquella tarde traje gris claro, y  luego de haber ingresado por la puerta lateral al estrado mayor del tribunal, acceso habitual para los testigos, avanzó decididamente entre los jueces y el público.  Oteó   fugazmente a los acusados,  y luego se sentó frente al tribunal; la sala de audiencia expectante estaba sumida en un silencio casi  sepulcral.  Acomodó el micrófono, bebió un sorbo de agua, enderezó su torso,  y tras responder algunas preguntas de rigor, fue invitado por uno de los jueces, pregunta mediante: “Dr. Rosemberg, ¿qué puede decirnos de Cecilio, qué recuerdos tiene del joven estudiantes en aquellos años?
      El  Dr. Rosemberg carraspeó, hizo un pausa e inició su relato: “Cecilio era alumno de primer año en la carrerea de Derecho,  yo dictaba las materias de Historia y Sociología; recuerdo que en un examen final o…, no recuerdo muy bien…perdone excelentísimo tribunal, si era fin de curso, o fin de cuatrimestre,  tenía que…me correspondía evaluar las pruebas escritas de cada uno de mis alumnos. Cuán grande fue mi sorpresa cuando me toca analizar el examen de Cecilio, no…no podía creer tanta erudición, tanta profundidad de análisis, cuantas interrelaciones sobre Kant, Hegel, Nietzsche, Marx, y tantos otros. Me resultó difícil, todo un desafío, tuve que releer y reflexionar sobre sus particulares interpretaciones y deducciones, me di cuenta que estaba ante algo diferente, algo excepcional, me animo a decir, quizás: una inteligencia brillante. Sus conceptos generaron en mi persona una serie de dudas, por lo que decidí compartirlo con otros de mis colegas, aquellos de mayor antigüedad en la docencia, al fin y al cabo yo solo tenía 30 años y pocos de docencia; les dejé el trabajo, y rápidamente al día siguiente unánimemente, me dijeron que en ese examen, en esa evaluación, habían encontrado un pensamiento superior, superlativo, algo excepcional, no lo podían  creer”.
Evité mirar a Elena, y dije para mi, Dios mío.., Dios mío…¿Por qué?..¿Por qué?, pero, por supuesto,  uno es el médico, se supone que está mejor dotado en esas circunstancias, que es más objetivo, más frio, lloré por dentro…
      Rosemberg entrecortó la voz e hizo una pausa, al instante que el tribunal, a través de su Presidente mujer, y sus otros dos miembros, mujer y hombre, cruzaron entre ellos miradas de impotencia, dolor y por momentos de furia, fueron acomodándose y componiéndose paulatinamente, hasta que la Presidente luego del silencio que parecía inacabado, en un entrecortado: “Puede continuar, Dr. Rosemberg, si Ud. lo desea”,  lo invitó a que prosiguiera. El Dr. Rosemberg, retomando la palabra dijo: “ Excelentísimo  tribunal, se ha dicho por ahí que Cecilio era guerrillero, que estaba fuera de la ley, que era comunista, o si se quiere algo más agraviante…que lo mataron porque era un judío hijo de puta, pero hasta ahora y hasta donde yo sé, nadie lo acusó de haber matado a persona alguna, de haber robado, de haber violado, de haber provocado algún atentado, en últimas instancia, de ser responsable de alguna víctima por sus actos. ¿Creen ustedes que un adolescente que había leído como nadie La Biblia, El Capital, o El  Quijote; que ayudaba a sus compañeros a pensar y a razonar a cambio de nada, que  llevaba alimentos y ropas a los presos del penal de varones y juguetes a los niños del hogar escuela, y que en honor a la verdad…, a  nosotros los docentes nos ilustraba, nos obligaba a pensar, a estudiar…, creen ustedes que  haya sido un individuo tan demoniaco, tan perverso, tan peligroso?, no, por favor, no lo creo…, no lo creo…, y si así fuera…, asumo mi gran parte de la responsabilidad en este juicio, como docente, como educador, y sobre todo como instigador de Cecilio, por lo cual quedo a vuestra disposición…”
La sala explotó en una cerrada ovación, en tanto que Elena,  Adela y su nieto fuertemente abrazados,  se incorporaron y con cierta -diría- clemencia miraron a cada uno de los acusados, he utilizado la palabra clemencia, que es decir piedad, compasión; estoy convencido que a Elena poco le interesaba en aquel instante algún tipo de condena para los asesinos de su hijo, simplemente en sus  ojos verdes-azulados vi la nobleza, percibí el amor y orgullo de una madraza que imploraba por la memoria de su hijo, a esos señores… todavía presuntos asesinos.
      Finalmente mi último encuentro con Elena, fue el día del veredicto; ese día, con un salón en el que no entraba ni un alfiler, con camarógrafos por doquier, reporteros de prensa, la gendarmería y la policía en pleno, familiares, militantes y simpatizantes de los organismos de DD.HH, y yo, como pude, con Elena a mi lado, simplemente pegado a ella, testigo de muchas y variadas emociones encontradas:  bronca, alegría, sensación de justicia a medias, un entrañable dolor que comenzaba -quizás- a atenuarse, mezclado con una sensación de pena residual, y quizás una aparente dignidad recuperada, y un…seguir adelante.
      En ese momento tomado de su mano,  recordé de Elena aquel casi lejano y por entonces,  aún no descifrado: “Doctorcito, a usted lo siento como a mi hijo”.

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