domingo, 3 de febrero de 2013

"Doctor, aquí en el pecho..."


                         “Doctor, aquí en el pecho, una fuerte aflicción y pálpito”.  

          A Rosita, de 88 años, la conozco desde los 66, y sus primeras consultas fueron a partir de la derivación de Pancho, un colega que  atendía conmigo en el mismo lugar, ocupábamos una casa tipo colonial; Pancho era un clínico muy conocido del medio local, con un carisma especial, tenía gente desde temprano hasta altas horas de la noche.
          Pancho me derivó a  Rosita  en aquellos años por una “aflicción”, y Rosita así lo expresaba: “Doctor, tengo una aflicción aquí en el pecho”, llegaba siempre acompañada de su hijo mayor; si bien, tiene otros hijos, Froilán el mayor, fue siempre el que la acompañó  a las entrevistas.
          Rosita vivió y se crió en el campo,  hasta que enviudó a los 70 años,  y desde ahí sus hijos la trajeron a vivir a la ciudad de Santiago.
          De tez moreno racial, y canicie desde casi los cuarenta; criollaza sin duda alguna, vivía en un pueblito llamado Villa Robles, aquí a treinta kilómetros,  donde su principal medio de sustento eran los chivitos, sea para alimentación familiar, como para la venta. De vida ruda: levantarse al alba, ordeñar cabras o vacas, criar gallinas, sembrar y cultivar zapallos, choclos, algunas legumbres, y de prolongadas y diarias caminatas cargando baldes de agua, y expuesta a todas las inclemencias climáticas.  
          En esos años, Rosita me decía: “Doctor, va mermando la aflicción”, a lo que yo sacaba pecho, y me regodeaba, amén de empezar a creérmela como doctor.   
          Una vez al año, esta hermosa viejita, casi siempre, me traía un presente cuando volvía de Buenos Aires de visitar a sus hijas; vino tinto Viñas de Balbo, el de la botella panzona, la de 1,5 litro, era su elección predilecta, al cual yo trataba con la unción de un Rutini.
          Nuestra relación siempre fue matizada por anécdotas; por ejemplo, en los años noventa, ella, con humor criollo picaresco me cargaba, su tema de complicidad era el estilo de gobierno de esa década; por lo que antes de acercarnos a los “festejos” del nuevo Milenio, Rosita me decía: “-Doctorcito, creo que no llegaré (tenía 76), en cambio creo que tenemos turco para rato”, a lo que yo le respondía: “Mire Rosita, así como vamos, haré toda lo posible para que usted al turco lo siga viendo, a usted la vamos a estirar hasta los 80 y más”, y lanzaba unas carcajadas fenomenales.
          Hace 4 meses, en una de sus habituales consultas (pensé una de las tantas), al ingresar al consultorio y sin Froilan, nos miramos y no me gustó su expresión, fue cuando le tomé la mano y mientras le apretaba, entró en sollozos y se desahogó, para luego expresarme: “Doctor, tengo una gran aflicción, y un pálpito, aquí doctor, aquí en el centro del pecho”, mientras su otro hijo me iba narrando que a su hermano Froilán, le habían amputado una pierna. Froilán, siempre me impresionó hombre vigoroso, de vida sana, y hasta hace unos días atrás lo había visto andando en bicicleta, diría, vivía en bicicleta, y por supuesto le realicé tres o cuatro preguntas de rigor a su hermano sobre lo sucedido a Froilán, pero según su relato, no fue un accidente, no era paciente enfermo vascular, no era diabético, en fin… todo inesperado. Froilán amaneció un buen día y presentó en la pierna izquierda súbitamente, intenso dolor, frialdad, cambio de color, y esto fue ascendiendo por el miembro, hasta que, “a Froilán le tuvieron que cortar la pierna”, dijo su hermano.
          Y Rosita,  cuando logro superar medianamente su balbuceo producto del desahogo, agregó: “Por que Doctor a m’hijito…el era mi bastón, siempre me acompaño, hombre fuerte, no aguanto verlo así, mejor morirse”. Hice un esfuerzo brutal en romper el silencio, ayudarla a levantarse y seguir adelante; le hablé de sus otros hijos, nietos y afectos que mucho la reclaman y la necesitan…  
          Pasaron tres visitas (tres meses), y Rosita no ha vuelto a recuperar su alegría de vivir, su risa, su picardía, su brillo vital en las pupilas; Rosita deambula como un ente, Rosita está “muerta en vida”, y no deja de expresarme en cada visita: “Doctor, aquí en el pecho, una fuerte aflicción y pálpito”.