lunes, 4 de febrero de 2013

La Piedra

                                                               La Piedra
    
      Hay infinidades de formas, por ejemplo: piedra bola, y de estas la pequeña como bolillitas o bolitas; piedras lajas de color grisáceo o pardo que adornan paredes o veredas; están aquellas grandes y pesadas en la categoría de peñascos, o esas pequeñas piedritas en el espectro de grises y marrones formando el ripio; también aquellas blancuzcas o a veces amarillentas, lavadas por la corriente del río en forma permanente, o sino aquellas resbaladizas y verdinegras que descansan en el lecho de un remanso, o un arroyo.
      ¿Las piedras tienen sonidos? Hay piedras que arrojadas con fuerzas de adolescentes descargan un graznido en su tenaz lucha contra la resistencia al viento, hay otras que arrojadas desde una carretela, carrito, o camión volcador, liberadas a la inexorable ley gravitacional,  pujan entre ellas friccionando y sacudiéndose hasta sacarse chispas y avisan de su impetuoso movimiento cual estruendoso galope en aumento, buscando irremediablemente el inexorable embudo pendiente por donde pujan para alcanzar su destino final.
      ¿Y que del sabor? Veamos, el churro revestido de azúcar y arena, o una medialuna o factura en contactos con el suelo, todos tienen un sabor especial; que decir de un sorbo de coca o de cerveza en vaso de telgopor o tapa de termo que, vaya a saber en qué momento anduvo haciendo de las suyas por el suelo, en fin cualquier alimento que haya contactado con la arena, o sus respectivos recipientes, vaso, taza, o plato, cuando no cubiertos. Al gusto típico del líquido o alimento en cuestión, se le agrega ese travieso granulado, indebido cuerpo extraño entremezclado con aquel contenido bucal dispuesto a pasar camuflado como un solo sabor desde el principio al final.
      ¿Y al tacto que hay? Tocar, acariciar una piedra me remeda: robustez, impermeabilidad, hermetismo, dureza, mudez, y por ende eternidad, antítesis de la blandura o plasticidad, cuando no elasticidad inherente a organismos vivientes, concretamente a nuestros cuerpos, nuestros miembros. Sin embargo algunas rocas o peñascos que fueron parte vital del escenario de nuestra infancia, si por esas cosas del destino tuvimos la suerte de reencontrarnos con ella pasados 20 o 30 años, nos da la impresión que se alisaron, seguro  sufrieron la erosión del inexorable.