viernes, 1 de febrero de 2013

Hombre embarazado y a término...

                        Como el hijo de Hermes
                                                                                                                       Rodaballo
                                     
     El hombre estaba embarazado; sí, así como usted  lo escucha. Mostraba un abdomen prominente, tenso y globuloso. No cesaba en masajearse su vientre, y por momentos expresaba su dolor emitiendo un rezongo gutural, que acompañaba su doliente facie y jadeante respiración.  
     No imaginaba verlo así, pensaba que eran todas historias de la vecindad, chismeríos que nunca faltan. Más de una vez ironicé con “anoche vi un camello volando”, por supuesto, mi ironía era irreverente, y hasta hiriente, era como decirles anda a otro con esa historia.
    Algunos vecinos me dejaron de saludar, otros dejaron de consultarme y la bruja curandera del lugar se ufanaba de atender cada vez más y más  parroquianos. Se comenzó a rumorear en el pueblo que yo estaba loco, que había perdido mi sano juicio, se rumoreaba que el doctor  se mofaba de lo que la gente le contaba.
    Comencé a perder el sueño nocturno, y cada dos por tres desesperado, me incorporaba de la cama y acudía a mis libros, pasando ávidamente de la primera a las últimas hojas, buscando fotos, títulos o artículo que hablaran del embarazo masculino. Vi chicos con seis dedos, con dos cabezas, también fotos de humanos que no tenían brazos ni piernas. Vi guríes pegados por el ombligo, y otros con rostros de duendecillos. Vi hombres enormes como los que conocí en el circo cuando chico, o mujeres barbudas amamantando a sus bebes. Vi todo tipo de abdómenes, panzones por ¡gordos panzones!,  también por alcohol o cirrosis, o por eventraciones gigantes, pero juro que no encontré hombres con abdomen grande por embarazo.
     Una noche me desperté angustiado, tras atravesar mis sueños un enorme camello que se perdió entre las nubes. Y estos animalillos se volvieron frecuentes en mis noches, los había blancos como la nieve, o negros como el luto que usaban los parroquianos, habían algunos verdes y otros hasta multicolores fosforescentes.
     Con voz sargentona, la enfermera le dijo – Tengo que afeitarlo hombre,  en cualquier momento usted dará a luz-. Entre tanto decidí colocarme lo guantes, y aprovisionar todo lo necesario para el parto. Desplegué las cortinas  de par en par para iluminar la habitación, y en ese mismo instante por la ventana aterrizaba  la bruja curandera en un soberbio camello rojo punzó anunciando su indisimulado interés en presenciar la escena. Y fueron llegando más y más parroquianos, algunos en camellos a vuelo rasante. Llegó el hombre del circo, la mujer barbuda, y los bebes pegados por el ombligo. Legaron muchos panzones, algunos no cesaban de comer, otros no dejaban de beber.
-¡Vamos hombre, ahí viene, haga el último esfuerzo! -dijo la enfermera.
-¡Es un hermoso hermafrodita como el hijo de Hermes! -dijo la bruja curandera, y el extenuado y sudoroso hombre, sin bien ya despachurrado, lloró desconsoladamente.