viernes, 11 de diciembre de 2015

¿Por qué escribo?,¿Para quién escribo?




Para comunicarme con los lectores que nunca llegaré a conocer.

  
     

Para comunicarme con los lectores que nunca llegaré a conocer.
Elegí esa definición, pero bien podría haber sido  “por el inmenso placer que me provoca”.
Según la historia y sobre todo los que la narran, Sócrates sostenía que el discurso era un “arte textil”; fantástica definición; y de su definición o sentido, entiendo que, el discurso es el arte que exige de su cultor: armar, tejer, o entrelazar -si vale- una red armónica de ideas, para luego expresarlas a través de la palabra -logos-, acto previo se requiere un razonamiento, y luego -ahora sí- la argumentación hecha palabra.  
Visto así, alguien podría preguntarse ¿Es lo mismo el discurso a través del habla, que la palabra escrita en la variedad que fuere?
Si y no, pero básicamente creo que es lo mismo, en tanto y en cuanto en ambas formas es imprescindible un receptor. En ambas formas es un juego donde, para que exista un receptor necesariamente debe existir un emisor.  Y emisor-receptor se comportan como unidad; es retro-alimentación, es un ida y vuelta, es un dia-logo, donde las partes ocupan el escenario principal, y danzan amarrados por empatías, algunas a la vista, otras -quizás- imperceptibles.
A veces y no pocas, el emisor es a la vez receptor, y esto..., por esas “cosas de la vida”, se prolonga una eternidad. ¿Qué extraño fenómeno no? Nos regodeamos y nos nutrimos de lo que sentimos, escuchándonos o leyéndonos a nosotros mismos. Es como si en una noche negra, sin luna ni estrellas, hiciéramos pie fuerte afirmándonos, y cerrando los ojos nos tranquilizáramos  al saber que existimos…
Y cuando digo “Para comunicarme con los lectores que nunca llegaré a conocer”, me resulta gracioso el pensar, que aún cuando me leo, sea para corregirme, para pulirme, sencillamente para “mejorarme”, descubro que por haberme “mejorado” me desconozco, soy otro, no soy -al menos- en este cuento, o aquel poema o ensayo el mismo que era un instante antes. Y salgo reconfortado, mis energías y estado de ánimo han logrado un estado de paz, de calma…; y me ayuda a afrontar con vigor la selva diaria del “mundo de la vida” (como dice Habermas).
¿Los “grandes” escritores, experimentaran estas sensaciones?
Otro interrogante ¿Los grandes escritores -o al menos los famosos-, intuyen o prevén que sensaciones despertarán en sus lectores, o que interpretaciones darán los lectores a sus creaciones?
Pienso que la trascendencia de algunas obras (“el éxito” para algunos,), lo es 
-entre otras cosas- por muchos motivos jamás imaginados por sus creadores.
¿Será?... 

Ramón H. Alvarez