sábado, 12 de diciembre de 2015

¿Odio?

Lo conocimos enjuto y sin una minúscula expresión de cordialidad en su rostro, y jamás abandonó su hipocresía; aunque claro, uno viene al mundo con ciertos dones y con ellos se retira. Cómo hacía aquella execrable criatura para apostarse y cuadrarse siempre ante todo atril por ahí suelto y desplegar su tóxica vocinglería, un misterio.                                                      
Era un incordio interminable  de expresiones tristes, melancólicas, y lúgubres; por ejemplo, era común en su discurso la palabra mustio, y vaya si la repetía; lo más dulce que conoció su obra, si se le puede llamar como tal, fue la palabra geranio y la expresión pájaro herido.
Hay gusto para todos, como seguidores tiene el infierno.
Hombre abyecto de espíritu enmohecido, ¿Quién, cómo y cuándo, inscribirá tu lápida? Por ahora un ejército expectante de denostadores palpita sediento tu pronta y trágica partida. Te odian y bien lo sabes,…ensanchas el pecho.
Te vieron en unas cuantas envilecerte hasta el verdadero hedor, rapaz energúmeno de gélidas noches. Ruin aún para tus ignotos aduladores, quienes sin embargo, con sus repugnantes hojarascas a cuesta te siguen, cual noble caballero, por mar y tierra.
Carroña caminante, desde lejos anuncias tu presencia y las de tus bufones.
La muerte, ya grabada en tu rostro, aun cuando de verdad y en hora buena, de una vez por todas la estamos esperando, no terminará con tus trágicos e impiadosos recuerdos. La memoria de tu innecesario paso por esta vida, perdurará cual maldita sentencia, y como si fuera poco, cargaremos con tu intrascendencia cual perversa ironía.
Nunca se supo, que de tu parloteo hecho palabra escrita, se haya escapado por casualidad algo creativo entre tanto estiércol de verba y sinsentidos.
 Exhalas odio por doquier; usurpador de sueños y fantasías, y en tus macabras exhibiciones  esperas desafiante, el ruidoso circo de tus adláteres infames.      
 Se sabe por ahí, que no hay tempestades, terremotos, o erupciones en donde tu macabro  rostro no esté siempre allí presente; tampoco plagas ni peste en que alguna bruja o hechicero,  traten vanamente de mil formas expiar.
 Tu obra hibrida y por ende estéril,  no deja resquicio sin espinas, fuego, dolor y muerte.
 Eres insignificante y mísero, pero aún, por más lejos que se escuchen tus oxidadas campanas,  rápidamente una legión de seguidores a tu encuentro marchan.    
Aún odiándote, no nos alcanza para paliar nuestra sed de venganza, idiota de la desesperanza.   
Es tanto el ensañamiento contra ti bazofia malnacida que nuestro rencor no nos permite saber, si aún vives o, si ya estás muerto.   

 RHA