viernes, 3 de mayo de 2013

Veinte palabras raras y un relato


                     Una sabrosa pachamanca
                                                          
                                                                                                                              Rodaballo

      El hombre que era un gambalúa, al fin y al cabo no le quedó otra que volverse  paradislero, y súpitamente un buen día fue flechado por una pendanga, pero claro, tenía a su favor que era un gran catacaldos,  aunque las más de las veces su hemeralopía le jugaba una mala pasada. La mujer siempre llevaba consigo un catauro, que contenía ánades de todos los colores, pero el que más le llamó la atención seguramente al gambalúa, fue uno rucio, color que al él, sin duda lo atrapaba.
      Fuera de lo que se supone que el sufrido hombre buscaba de la  pendanga, en verdad lo que más le interesó de ella era imaginarse una pachamanca sabrosísima  preparada con los ánades que tan campante mostraban la mujer en su catauro.
      El hombre había sufrido una yactura tiempo atrás y desde entonces se volvió paradislero y algo huachafoso, pero como buen paradislero que era, y no menos catacaldos, pero por sobre todo por el doloroso y rezagado hambre que lo acompañaba, emprendió una tarea ciclópea a los fines de obtener un abintestato de un viejo hombre que lo supo criar.
      Por su espíritu paradislero, le había llegado la noticia  de la muerte de su tutor, y tenía hambre…, mucho pero mucho hambre.
      No fue fácil, ni mucho menos emprender el abintestato, pero su empecinamiento lo llevó un día a rebuscársela con un facistol ayudado por un fanal, y allí sentado, pues su hemeralopía cruelmente lo iba invalidando, acompañado de la pendanga, so pretexto de poder llevar a cabo el abintestato, de una u otra, ambos mendigaban lo que fuera, hasta poder reunir los ingredientes para la pachamanca.
      Y si bien ya tenían el ánade, había que sazonarlo, pero fue poco lo que tardaron para dar con los otros ingredientes, ya que sin saberlo, aceptaron abetinote creyéndolo aceite, y giobertita por cloruro de sodio, como si nada, sea un poco por la hemeralopía del gambalúa y otro tanto por la necedad de la pendanga.
      El gambalúa, transitoriamente dejó a un lado su mendicidad apartando el  facistol  y dándole descanso al fanal, para luego, ayudado por la pendanga volcar súpitamente el contenido del catauro, para entonces relamerse por el ánade; si bien el mismo en avanzado estado de descomposición, a esta altura ya rucio macerado, muy bien lo disimularon con la giobertita y el abetinote. Los dos pordioseros con un dolobre, con el que previamente habían labrado la piedra y moldeado el pozo, picaron y revolvieron toda la pachamanca, y fue a tal velocidad que el manjar anhelado lo transformaron en becquerel.
      Y el gambalúa una vez más haciendo gala de su espíritu huachafoso, le obsequió a la pendanga un diacatolicón, para ayudarla a su digestión.

Y ambos fueron felices comiendo ánades, y hasta se olvidaron del abintestato.