domingo, 10 de marzo de 2013

Chantal Mouffe

MAESTRIA EN ESTUDIOS SOCIALES PARA AMERICA LATINA
UNSE

 MATERIA: CIUDADANIA Y DEMOCRACIA EN LATINOAMERICA


MAESTRANDO: Ramón H. Alvarez


TEMA: La ciudadanía y las teorías contemporáneas de la democracia. 
             “Democracia radical y participación política: la propuesta de Mouffe”




                                                     04/09/2007



Objetivo: En el contexto del módulo: Ciudadanía y Democracia en Latinoamérica, del tema: La ciudadanía y las teorías contemporáneas de la democracia. Democracia radical y participación política: la propuesta de Mouffe; se presenta un trabajo bajo la modalidad de ejercicio resumido de texto -diez y ocho páginas-, del libro “En torno a lo político” de Chantal Mouffe, el cual consta de cientos cuarenta y cuatro páginas, editado por Fondo de Cultura Económica, traducido al español por Soledad Laclau, correspondiente a la primera edición, año 2007.
    Se realiza su lectura, comprensión, análisis, descomposición, disección, y desmembración del texto, finalmente una síntesis abarcadora y correlacionada del mismo.
    Chantal Mouffe es profesora de Teoría política en el Centre for the Study of Democracy en la University of Westminster en Londres. Ha investigado y enseñado en varias universidades de Europa, Norteamérica y Sudamérica.


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 I-INTRODUCCIÓN: La autora, basada en el concepto que esgrimen algunos sociólogos de avanzada y de trascendencia internacional, el de estar en una “segunda modernidad”, y donde “el mundo libre” ha triunfado sobre el comunismo, y al creer estos, que con el debilitamiento de las identidades colectivas,  un mundo “sin enemigos” es posible, desafía esta visión pospolítica, y la postura de aquellos progresistas que con una visión optimista de la globalización, son defensores de una forma consensual de la democracia.
    Mouffe, sostiene que, tanto en la sociología, como en la teoría política, y en las relaciones internacionales, las teorías en boga son erróneas, ya que esta postura constituye la causa de muchos de los problemas que enfrentan en la actualidad las instituciones democráticas. Hay una visión común antipolítica que se niega a reconocer la dimensión antagónica constitutiva de “lo político”, y que tiene como objetivo el establecimiento de un mundo “más allá de la izquierda y la derecha”, “más allá de la hegemonía”,  “más allá de la soberanía”, y más allá del antagonismo; todo esta concepción -según la autora- contribuirá a exacerbar el potencial antagónico que existe en la sociedad. Considera, que concebir el objetivo de la política democrática en términos de consenso y reconciliación no solo es conceptualmente erróneo, sino que también implica riesgos políticos.
    Para la autora, ha habido pocos intentos por elaborar el proyecto democrático en base a una antropología que reconozca el carácter ambivalente de la sociabilidad humana y el hecho de que reciprocidad y hostilidad no pueden ser disociadas.  La teoría política, aún no asimiló las enseñanzas de Freud, respecto de la imposibilidad de erradicar el antagonismo. Para  Mouffe, la tarea de los teóricos y políticos democráticos debería consistir en promover la creación de una esfera pública vibrante de lucha “agonista”, donde puedan confrontarse diferentes proyectos políticos hegemónicos.
    Elige a Carl Schmitt, a quien considera uno de los oponentes más brillantes e intransigentes al liberalismo,  para llevar a cabo su critica del pensamiento liberal, y respecto a “lo controvertido” de Schmitt, sostiene que “es la fuerza intelectual de los teóricos, y no sus cualidades morales, lo que debería constituir el criterio fundamental al decidir si debemos establecer un dialogo con sus trabajos. Es en el Zeitgeist pospolitico (clima intelectual y cultural de la época), en donde Mouffe, a través de su critica, constituye la parte esencial de reflexión en este trabajo.
    La autora, nos dice: actualmente lo político se expresa en un registro moral y si bien, existe una discriminación nosotros/ellos, no lo es en categoría política, se lo hace en términos morales. En vez, de una lucha entre “izquierda/derecha”, es la lucha entre el “bien” y el “mal”.
    Mouffe, argumenta que cuando no existen canales a través de los cuales los conflictos puedan adoptar una forma “agonista”, esos conflictos tienden a adoptar un modo antagónico. En lugar de ser formulada como una confrontación políticas de “adversarios”, la confrontación nosotros/ellos es considerada como de tipo moral, o sea entre el bien y el mal, de manera que el oponente debe ser considerado como un enemigo que debe ser destruido, luego señala: “El error del racionalismo liberal es ignorar la dimensión afectiva movilizada por las identificaciones colectivas, e imaginar que aquellas “pasiones” supuestamente arcaicas están destinadas a desaparecer con el avance del individualismo y el progreso de la racionalidad”.
    No es suficiente que la teoría liberal reconozca la existencia de una pluralidad de valores y exalte la tolerancia, tampoco la política democrática limitarse a establecer compromisos entre intereses o valores, o a la deliberación sobre el bien común;  necesita tener un influjo real en los deseos y fantasías de la gente. Con el propósito de lograr movilizar las pasiones hacia fines democráticos, la política democrática debe tener un carácter partisano.[1] Para la autora, los riesgos que implica el actual mundo unipolar solo pueden ser evitados mediante la implementación de un mundo multipolar, con un equilibrio entre varios polos regionales, que permita una pluralidad de poderes hegemónicos. Esta es la única manera de evitar la hegemonía de un hiperpoder único.

II. LA POLITICA Y LO POLÍTICO.

    Chantal Mouffe, propone establecer la distinción entre “la política” y “lo político”, y para ello sugiere una diferencia entre dos tipos de aproximación: la ciencia política que trata el campo empírico de “la política”, y la teoría política que pertenece al campo de los filósofos, que se preguntan por la esencia de “lo político”. Por ejemplo, tomando a Heidegger, podríamos decir que: “la política” se refiere al nivel “óntico” (que tiene que ver con la multitud de practicas de la política convencional), mientras que “lo político” tiene que ver con el nivel “ontológico”( que tiene que ver con el modo en que se instituye la sociedad). Para ser más precisa, concibe “lo político” como la dimensión de antagonismo, que considera constitutiva de las sociedades humanas, en tanto que concibe “la política” como el conjunto de prácticas e instituciones  a través de las cuales se crea un determinado orden organizando la coexistencia humana en el contexto de la conflictividad  derivada de lo político. La intención de Mouffe, es demostrar como el enfoque racionalista dominante en las teorías democráticas nos impiden plantear cuestiones que son cruciales para la política democrática.
    Para la autora, las cuestiones políticas no son meros asuntos técnicos destinados a ser resueltos por expertos. Las cuestiones políticas siempre implican decisiones que requieren que optemos entre alternativas en conflicto. Su objetivo es señalar la deficiencia central del liberalismo en el campo político: su negación del carácter inerradicable del antagonismo. Para Mouffe, conciente de que existen diversos liberalismos, rescatando a los más progresistas: Isaiah Berlin, Joseph Raz, John Gray, Michel Walter, entre otros; sostiene que la tendencia dominante en el pensamiento liberal se caracteriza por un enfoque racionalista e individualista que impide conocer la naturaleza de las identidades colectivas, y visto así, este enfoque o actitud, es incapaz de comprender en forma adecuada la naturaleza pluralista del mundo social, con los conflictos que ese mundo acarrea; conflictos para los cuales no podrá existir nunca una solución racional.
    La autora, encuentra el desafío más radical al liberalismo en el trabajo de Carl Schmitt, en cuya crítica, se basa para confrontar con los supuestos liberales. En el Concepto de lo Político (The Concept of  the Political), la autora nos dice que Schmitt con esa obra -su obra-, declara que el principio puro y riguroso del liberalismo, no da lugar a una concepción política; ya que todo individualismo consistente debe negar lo político, en tanto requiere que el individuo permanezca como el punto de referencia fundamental.  Sin embargo -nos aclara Mouffe-, para Schmitt el criterio de lo político, su diferencia específica, es la discriminación amigo/enemigo. Tiene que ver con la formación de un “nosotros” como opuesto a un “ellos”, y se trata siempre de formas colectivas de identificación; tiene que ver con el conflicto y el antagonismo, y constituye por lo tanto una esfera de decisión, no libre de discusión. Para Schmitt, (según Mouffe), “lo político puede encontrarse solo en el contexto de la agrupación amigo/enemigo, más allá de los aspectos que esta posibilidad implica para la moralidad, la estética y la economía”; y agrega Mouffe, que Schmitt, cuando sostiene  que todo consenso se basa en actos de exclusión, nos demuestra la imposibilidad de un consenso “racional” totalmente inclusivo.
    De manera, que Mouffe, a esta altura, al observar que el pensamiento liberal adhiere al individualismo y al racionalismo, sostiene claramente, que su negación de lo político en su dimensión antagónica no es entonces una mera omisión empírica, sino una omisión constitutiva.  Nos ilustra la autora, que The Concept of  the Political se publicó en 1932, pero la crítica, hoy en día, es más relevante que nunca.
    Mouffe, distingue en la actualidad dos paradigmas liberales principales. El  1º llamado “agregativo”, en cual los individuos son descriptos como seres racionales, guiados por la maximización de sus propios intereses, y que actúan en el mundo político de una manera básicamente instrumental. El otro paradigma, llamado “deliberativo”,  surgido como reacción al anterior, aspira a crear un vínculo entre la moralidad y la política, sus defensores quieren reemplazar la racionalidad instrumental por la racionalidad comunicativa; en este caso la política es aprehendida no mediante la economía sino mediante la ética o la moralidad.
    Jurgen Habermas, unos de los principales defensores del modelo deliberativo, sostiene que aquellos que cuestionan el consenso racional, y defienden el modelo del disenso, o lo que es más, la discordia, socavan la posibilidad de la democracia. Mouffe, a diferencia de Habermas, considera que el énfasis de Schmitt en la posibilidad siempre presente de la distinción amigo / enemigo y la naturaleza conflictual de la política, constituye el punto de partida necesario para concebir los objetivos de la política democrática.
    Para Mouffe, la especificidad de la política democrática no es la superación de la oposición nosotros / ellos, sino el modo diferente en el que ella se establece; que en última instancia es compatible con el reconocimiento del pluralismo, que es constitutivo de la democracia moderna.

EL PLURALISMO Y LA RELACION AMIGO/ENEMIGO: Mouffe, en este punto se distancia de Schmitt, quien sostenía que en la democracia no habría lugar para el pluralismo. A esta, la entendía en el contexto de un demos homogeneo, y esto excluye toda posibilidad de pluralismo. Schmitt, veía una contradicción insalvable entre el pluralismo liberal y la democracia; el único pluralismo posible que entendía como legítimo era el pluralismo de estados. Mouffe, propone pensar “con Schmitt, contra Schmitt”, utilizando su crítica al individualismo y pluralismo liberales para proponer una nueva interpretación de la política democrática liberal.   
    Mouffe, basada en Henry Staten y Jacques Derrida, en torno a nociones como diferencia -entre otros conceptos-, comprende que toda identidad es relacional, y la afirmación de la misma hace a su naturaleza intrínseca, es decir, necesariamente, un “otro” constituye su exterioridad. Con este argumento, Mouffe, se posiciona más cerca de Schmitt, para entender la condición de antagonismo. En el campo de “lo colectivo”, un “nosotros” solo puede existir, por un “ellos”. Esto, no significa que siempre será una relación antagónica, pero siempre existirá la posibilidad que esta relación nosotros/ellos se vuelva antagónica, o lo que es más, amigo/enemigo. Ocurrirá esto,  cuando, el “ellos” cuestione la identidad del “nosotros”, y amenace su existencia; de manera que toda forma de relación nosotros/ellos, ya sea religiosa, étnica, económica, o de otro tipo, se convierte en el locus de un antagonismo. Ante lo expresado precedentemente, para la autora, sería una ilusión la existencia de una sociedad, donde no exista el antagonismo; el antagonismo es una posibilidad siempre presente; lo político pertenece a nuestra condición ontológica. 

LA POLITICA COMO HEGEMONIA: El concepto de hegemonía, junto al antagonismo, constituye la noción clave para tratar la cuestión de “lo político”. Se requiere admitir la naturaleza hegemónica de todos los tipos de orden social y el hecho de que toda sociedad es el producto de una serie de prácticas que intentan establecer orden en un contexto de contingencia. Lo político se vincula a los actos de institución hegemónica; por lo que debemos diferenciar lo social de lo político. Lo social se refiere al campo de las practicas sedimentadas, estas, ocultan los actos originales de su institución política contingente, y se dan por sentadas, como si se fundamentaran a si mismas.La frontera entre lo social y lo político es esencialmente inestable, y requiere desplazamientos y negociaciones constantes entre los actores sociales.
    Todo orden es político y está basado en alguna forma de exclusión; posibilidades que han sido reprimidas y que pueden reactivarse. Las prácticas articulatorias, aquellas que establecen un cierto tipo de orden, son las “practicas hegemónicas”; y todo orden hegemónico es susceptible de ser desafiado por prácticas contrahegemónicas.
    Con respecto a lo “colectivo”, las identidades, jamás pueden ser completamente estables; nunca habrá oposiciones “nosotros / ellos” que expresen identidades esencialistas preexistentes al proceso de identificación. Mouffe, en este contexto, y contra Schmitt, sostiene que antagonismo y pluralismo democrático no se niegan la una a la otra, de tal manera argumenta que el antagonismo puede ser transformado en una forma de oposición nosotros / ellos que sea compatible con la democracia pluralista. 

¿QUE TIPO DE NOSOTROS/ ELLOS PARA LA POLITICA DEMOCRATICA:
   
    El conflicto, para ser aceptado como legítimo, debe adoptar una forma que no destruya la asociación política. Esto significa que debe existir algún tipo de vínculo común entre las partes en conflicto, de manera que no traten a sus oponentes como enemigos a ser erradicados, percibiendo sus demandas como ilegítimas. Para Mouffe, la negociación, deliberación o reconciliación,  no caben, pues con alguna de ellas, el elemento antagónico desaparecería. En tal caso, la autora cree que es viable la “domesticación” del otro en su función de antagonista, lo que sería, según su propuesta, hablar del “agonista”; es decir estaríamos hablando de “agonismo”. Es decir, mientras que el antagonismo constituye una relación nosotros / ellos en la cual las dos partes son enemigos que no comparten ninguna base común, el agonismo establece una relación nosotros / ellos en que las partes en conflicto, admitiendo que no existe una solución racional a sus conflictos, reconocen sin embargo la legitimidad de sus oponentes; es decir, las partes se conciben a si mismo como pertenecientes a la misma asociación política. Es en ese contexto, para Mouffe, donde la democracia transforma el antagonismo en agonismo.
    Es por eso que “el adversario” constituye una categoría crucial para la política democrática; pues con su presencia es menos probable que surjan conflictos antagónicos en tanto existan legítimos canales políticos agonistas para las voces en disenso, de lo contrario, el disenso tiende a adoptar formas violentas. Mouffe, aclara que la figura de “adversario” que ella esgrime, no es la que utiliza el discurso liberal, en la que un adversario es simplemente un competidor; no así en su tesis, donde el  adversario es un antagonismo “sublimado”. La lucha agonista, es una lucha entre proyectos hegemónicos opuestos que nunca pueden reconciliarse de un modo racional, que se desarrolla bajo condiciones reguladas por un conjunto de procedimientos democráticos aceptados por los adversarios.    

EL SISTEMA PARLAMENTARIO: Mouffe, extracta e interpreta el ensayo Masa y poder de Canetti, en lo que significa un aporte claro y preciso de ejemplos como es el rol del parlamento, y el comportamiento de los adversarios, e independiente del Nº de integrantes de un partido u otro, la votación sigue siendo decisiva en tanto instante en que se miden realmente las fuerzas. El recuento de votos pone fin a la batalla. Por lo que según Canetti, la democracia moderna y el sistema  parlamentario no deberían considerarse como una etapa en la evolución de la humanidad, por actuar más racionalmente, sea en el modelo agregativo o en el deliberativo, sino, entender la puja como “una guerra”, ya que cada una de las partes está convencida de tener la razón y la sensatez. Cuando ocurre la votación y el resultado, el adversario derrotado no se resigna, simplemente se da por vencido, pero sigue creyendo en sus derechos.
    Mouffe, basada en el mismo texto de Canetti, reflexiona sobre el fenómeno de las “masas”, y señala que la negación a admitir esta tendencia -la de las masas- es lo que está en el origen de la incapacidad del enfoque racionalista, ya que dicho fenómeno, es visto como expresión de fuerzas irracionales, como un retorno a lo arcaico; y según Mouffe apropiándose de Canetti, nos dice que la “masa” siempre estará presente, la cuestión es como puede ser movilizada de manera que no amenace el estado democrático. En un enfoque racional, al poner acento en el cálculo de los intereses (modelo agregativo) o en la deliberación moral (modelo deliberativo), la actual teoría política democrática es incapaz de reconocer el rol de las “pasiones” como una de las principales fuerzas movilizadotas en la política.
    Dado el actual énfasis en el consenso, no resulta sorprendente que las personas, estén cada vez menos interesadas en la política y la abstención continúe creciendo. Mouffe, toma el caso de la votación; y nos dice que: promovido el impulso a votar de la gente, significa mucho más que la simple defensa de sus intereses, es una importante dimensión afectiva lo que está en juego, es una cuestión de identificación. Las personas necesitan identificarse con una identidad colectiva, que les permita tomar idea de si mismas y valorizarse; es decir, el discurso político debe ofrecer no solo políticas, sino también identidades que ayuden a las personas a dar sentido en lo que experimentan, y esperanzas en el futuro.

FREUD Y LA IDENTIFICACION: Basada en Freud, Mouffe nos señala que: las instituciones democráticas entendidas de un modo agonista pueden contribuir al desarme de las fuerzas libidinales (fuerzas explicadas por la autora, en base al análisis técnico y específico realizado por  Freud), las cuales conducen potencialmente a la hostilidad y están siempre presentes en las sociedades humanas.
    La teoría lacaniana  también sirve de inspiración a Mouffe, cuando a través del “goce” (jouissance), entiende que la base de las fantasías sociales encuentran parcialmente su raíz en el “goce” del cuerpo; y en comunión con la teoría de Slavoj Žižek (analizada por Mouffe), se entiende que, el elemento que mantiene unido a una determinada comunidad, aparte de la identificación simbólica, es el “goce encarnado”, es decir es lo que está en juego cuando existe amenazas a nuestro “estilo de vida”, de parte del “Otro”. Así es como, la “Causa Nacional” -como expresión extrema de este sentimiento- no es otra cosa que la manera en la cual los sujetos de una comunidad étnica dada organizan su goce a través de mitos nacionales. Y siguiendo a Žižek, el odio nacionalista surge cuando otra nación es percibida como una amenaza a nuestro goce.
A esta altura, se puede entender la impotencia del enfoque racionalista -nos señala Mouffe-, por impotencia de su teoría liberal, cuando surgen estos antagonismos nacionalistas. Los teóricos, que consideran lo político, solo en términos de razón, moderación y consenso, están mostrando su falta de comprensión.
    Para Mouffe, la política posee siempre una dimensión “partisana”, y esta es,  la que está faltando en la actual democracia. Por eso se habla de “posdemocracia”, que según Ranciere, es la práctica y el pensamiento de una adecuación total entre formas del Estado y el estado de las relaciones sociales. El enfoque pospolitico al eliminar la dimensión adversarial, convierte a la democracia en posdemocracia.

LA CONFRONTACIÓN AGONISTA: La especificidad de la democracia moderna radica  en el reconocimiento y legitimación del conflicto y en la negativa a suprimirlo mediante la imposición de un orden autoritario. La actual tendencia es, celebrar una política de consenso, empeñosa en reemplazar a la política adversarial de izquierda y derecha, supuestamente pasada de moda. Una democracia que funciona correctamente exige un enfrentamiento entre posiciones políticas democráticas legítimas. Existe siempre el peligro, de que la confrontación democrática sea reemplazada por una confrontación entre formas esencialistas de identificación o valores morales no negociables. Cuando las fronteras políticas se vuelven difusas, tiene lugar el crecimiento de otros tipos de identidades colectivas: nacionalistas, religiosas o étnicas. Es iluso, que los antagonismos puedan erradicarse, por lo cual, es necesario que adquieran una forma agonista, a través del sistema democrático pluralista. El consenso es, sin duda necesario, pero, debe estar acompañado por el disenso; las posturas democráticas claramente diferenciadas son imprescindibles.
    Mouffe, nos señala que, si hay algo que habría que aprender del fracaso del comunismo es que la lucha democrática no debería concebirse en término de amigo/enemigo, y que la democracia liberal no es el enemigo a destruir. Si consideramos “la libertad e igualdad para todos” como principios “éticos políticos” de la democracia liberal., está claro que el problema con nuestras sociedades no lo constituyen los ideales que proclama, sino el hecho de que esos ideales no son puestos en práctica. Se podrá hablar de consenso en lo que respecta a estos principios éticos políticos, pero existirá siempre desacuerdo en lo referente a su sentido y al modo en que deberían ser implementados. La tarea de la izquierda, no es rechazar el argumento neoliberal, sino desafiar y luchar por la implementación efectiva de su concepción, antagónica por cierto.
    Par Mouffe, el modo “dialógico” o la mera competencia de intereses, es la manera en que la mayoría de los partidos de izquierda conciben la política democrática en la actualidad (y desde el colapso del modelo soviético); los partidos socialdemocráticos en general bajo el pretexto de la “modernización” han estado desplazándose constantemente hacia la derecha, sin embargo, autodefiniéndose como de “centro izquierda”. Para revitalizar la democracia, es urgente salir de este impasse. Debe quedar claro, que lo que se entiende por “democracia liberal” está constituido por formas sedimentadas de relaciones de poder que resultan de un conjunto de intervenciones hegemónicas contingentes; y la manera efectiva de desafiar las relaciones de poder, no es la forma de una negación abstracta, sino de un modo debidamente hegemónico, mediante un proceso de desarticulación de las practicas existentes y de creación de nuevos discursos e instituciones.

III. ¿MAS ALLA DEL MODELO ADVERSARIAL?

    Para Mouffe, en el contexto del Zeitgeist  y, principalmente por la opinión de algunos sociólogos de vanguardia, en tanto postuladores y defensores de conceptos como: “modernidad reflexiva”, y “postradición”, los cuales, por su influencia en el “sentido común”, y -sobre todo- en los círculos políticos, la autora intenta -luego de un análisis detenido-, advertirnos sobre las consecuencias de estas opiniones, para con la política democrática.

LA “REINVENCIÓN DE LA POLÍTICA”: Ulrich Beck, sostiene que la política tiene que ser “reinventada”. Para el, una de las diferencias cruciales entre la 1ª modernidad (razón instrumental, reflexión)  y la 2ª modernidad (modernidad reflexiva, “sociedad de riesgo”) es que, en la actualidad, el motor de la historia social ya no reside en la racionalidad instrumental, sino en el “efecto colateral”. Para Beck, las victorias del capitalismo están en el origen de esta nueva sociedad, que debería concebirse como victoria de la modernización occidental. Y luego de una serie de consideraciones -respetables, por cierto-, recuperamos unas de sus ideas: En una sociedad del riesgo, los conflictos básicos ya no son de naturaleza distributiva -vinculados al ingreso, el empleo, los beneficios sociales- sino que son conflictos en torno a la “responsabilidad distributiva”, es decir, a como prevenir y controlar los riesgos que acompañan la producción de bienes y las amenazas que supone el avance de la modernización.
    Por supuesto, que muchos de los conceptos vertidos por Beck -de tipo convincente- , son suscriptos por Mouffe, y muchos pensadores de la actualidad; pero en lo que respecta al vocabulario izquierda / derecha -en tanto posiciones ideológicas-, Beck los considera “sostenes conceptuales del pasado” y por tanto, totalmente inadecuados para comprender los conflictos de la modernidad reflexiva; conceptos con los cuales Mouffe disiente. Para Beck, una sociedad de riesgo, se caracteriza por las siguientes dicotomías: seguro / inseguro, interior / exterior, político / no político.  

LA “SUBPOLITICA”: Para Beck, al haber surgido una serie de resistencias con orientación local, extraparlamentarias, que ya no están ligadas a la clase o a los partidos políticos, con temas que ya no pueden expresarse mediante las ideologías políticas tradicionales, estos tienen lugar en una variedad de subsistemas; es la nueva forma de política que Beck denomina “subpolitica”. Con el advenimiento de la subpolitica, el individuo -según Beck- pasa a ocupar el centro de la escena política. En el contexto de “sociedad de riesgo”, subpolitica significa “diseñar la sociedad desde abajo”, por partes de actores, ya no involucrados únicamente en la política clásica, sino en el proceso de tecnificación e industrialización, en general: ciudadanos, esfera pública, movimientos sociales, grupos de expertos y trabajadores en su lugar de ocupación. Insiste en que, el modelo de la racionalidad instrumental sin ambigüedades tendrá que ser abolido, y se imponen formas que harán aceptables la “la nueva ambivalencia”. Confía, en el rol positivo que puede jugar la duda, para superar los conflictos; y al no haber certezas -modernidad simple-, se aspira al reconocimiento de la ambivalencia, disipando el antagonismo, la forma adversarial, y la figura amigo / enemigo, habida cuenta, de que, ya nadie podrá creer que posee la verdad -fuente de antagonismo-. Para Beck, resultará en una “pacificación” (el entrecomillado es mío) de los conflictos, que por ende nos llevará a un orden cosmopolita.     

GIDDENS Y LA SOCIEDAD POSTRADICIONAL: Para Giddens, la modernidad se ha vuelto experimental a nivel global, y está cargada de riesgos globales cuyas consecuencias no podemos controlar: la “incertidumbre fabricada” se ha vuelto parte de nuestras vidas. El surgimiento de un orden social postradicional se ha visto acompañado por la expansión de una “sociedad reflexiva”, porque la incertidumbre fabricada se introduce actualmente en todas las áreas de la vida social.
    Luego de diversos e interesantes conceptos interpretados y traducidos por Mouffe, se resalta aquel que, Giddens denomina “política de vida”, concepto que el sociólogo opone al modo “emancipativo”. Para Giddens, la política emancipatoria tiene que ver con las oportunidades de vida y la eliminación de diferentes tipos de restricción, mientras que, la política de vida tiene que ver con decisiones de vida -en como deberíamos vivir en un mundo postradicional, en el cual aquello que solía ser natural o tradicional se ha vuelto objeto de elección-. Afirma que “la política de vida” tiene que ver con los desafíos que enfrenta la humanidad colectiva”. Por otro lado, considera que el individualismo institucional abre posibilidades positivas, al permitir un equilibrio más adecuado entre las responsabilidades individuales y colectivas. Para el, el hecho de estar hoy, viviendo una manera más reflexiva, crea potencialmente más democratización, es decir, este nuevo individualismo contribuye -según Giddens- de un modo central a esta tendencia democrática.
    Giddens, quien, en muchos aspectos coincidente con Beck -percibe como obsoleta la división izquierda/derecha-, nos dice -según Mouffe-: un orden social destradicionalizante requiere un nuevo tipo de “política generativa” de acuerdo con lo cual: 1) los resultados esperados no estén determinados desde arriba; 2) se creen situaciones en las cuales se pueda construir y sostener una confianza activa; 3) se conceda autonomía a aquellos afectados por políticas específicas; 4) se generen recurso que aumenten la autonomía, incluyendo la riqueza material; 5) el poder político se descentralice. Resulta atractiva la argumentación aducida para el punto 3, cuando nos dice: la confianza pasiva no es suficiente, debe volverse activa, y para generar una confianza activa, el conocimiento tiene que ser validado democráticamente; es decir, los sistemas de expertos deben convertirse en dialógicos. De ahí, su llamado a una “democracia dialógica”. La confianza activa implica un compromiso reflexivo de las personas legas con los sistemas expertos que permite reemplazar la confianza en la autoridad de estos últimos.
    En otro momento, en palabras de Mouffe, Giddens admite que la reafirmación de relaciones tradicionales puede dar lugar al fundamentalismo y a la violencia, no obstante es optimista sobre el futuro de las sociedades postradicionales. En la modernidad reflexiva las tradiciones son forzadas a justificarse a si mismas, y -según Giddens- solo aquellas que ofrezcan una justificación discursiva van a lograr persistir.

UN ENFOQUE POSPOLITICO: Tanto Beck como Giddens buscan eliminar la noción de “adversario”. Para ellos, las principales cuestiones políticas deben ser decididas por individuos y no por grupos, y enmarcadas en términos de una “política de vida” (Giddens) y una “subpolítica” (Beck). Ambos, consideran que en las sociedades postradicionales ya no encontramos identidades colectivas construidas en términos de nosotros / ellos; y la clave respecto de la desaparición de las identidades colectivas es la dinámica de la individualización, esencia de la modernidad reflexiva -según ellos-.        
Con la desaparición de las identidades colectivas, apuestan a la conciencia colectiva.
Beck, proclama que su teoría, no es una teoría de las clases o de las crisis, ni tampoco una teoría de la decadencia, sino más bien una teoría de la afirmación y reafirmación involuntaria y latente de la sociedad industrial, como consecuencia del “éxito de la modernización occidental” (el encomillado es mío)
    El enfoque de Beck y Giddens, al destacar el fin del modelo adversarial de la política, excluyen la posibilidad de darle una forma “agonista” a los conflictos políticos, para lo cual la única forma de oposición es la “antagónica”.
    Mouffe, nos trae a Perry Anderson, quien comenta a Giddens, y nos dice: la política no es un intercambio de opiniones, sino una lucha por el poder, y advierte que “el peligro de concebir la vida democrática como un dialogo es que podemos olvidar que su realidad principal sigue siendo “la disputa”, y agrega: sino comprendemos la estructura del actual orden hegemónico y el tipo de relaciones de poder a través de las cuales se constituye, nunca podrá lograrse una democratización real. En enfoque “dialógico” -según Mouffe- esta lejos de ser radical, por que ninguna política radical puede existir sin desafiar las relaciones de poder establecidas, y esto requiere la definición de un adversario, que es precisamente lo que esta perspectiva evita.

DEMOCRACIA DIALÓGICA VERSUS DEMOCRACIA AGONISTA: La cuestión fundamental para la política democrática es pensar como se le puede dar a la dimensión antagónica (constitutiva de lo político) una forma de expresión que no destruya la asociación política. En la propuesta de Mouffe, entre la categoría de “antagonismo” (relaciones entre enemigos) y “agonismo” (relaciones entre adversarios), emerge la concepción de “consenso conflictual” entre oponentes que son considerados “enemigos legítimos”.
    La diferencia fundamental entre la perspectiva “dialógica” y la “agonista” es que el objetivo de esta última es una profunda transformación de las relaciones de poder existentes y el establecimiento de una nueva hegemonía; es decir, propiamente “radical”. Mouffe, quien cita a Ernesto Laclau, juntos sostienen que, la construcción de una nueva hegemonía implica la creación de una “cadena de equivalencias” entre la diversidad de luchas democráticas, viejas y nuevas, es decir formar una “voluntad colectiva”, un “nosotros” de las fuerzas democráticas radicales; lo cual ocurre únicamente por la determinación de un “ellos”, que es el adversario a derrotar para hacer posible la nueva hegemonía.  Para ambos, la democracia radical es compatible con el mantenimiento de las instituciones de la “democracia formal”, sin embargo también se separan del enfoque liberal de la neutralidad del estado; y a diferencia de Beck y Giddens, reconocen el rol decisivo que juega el poder económico en la estructuración de un orden hegemónico.   
    Los teóricos de la modernización reflexiva, creen en la cintificidad e irrefutabilidad de la visión pospolítica; la palabra clave “modernización”, gesto retórico poderoso, les permite trazar una frontera entre “los modernos” y “los tradicionalistas y fundamentalistas”. Sobre la bases de sus análisis sociológicos, al presentar la política de un modo supuestamente neutral -como evidencia sociológica-, niegan su naturaleza política.  Sin embargo, hay “un nosotros” de la “gente moderna”, que se construye por un “ellos”: los tradicionalistas y fundamentalistas que se oponen a la modernización reflexiva; ellos son excluidos, lo cual deviene en la discriminación amigo / enemigo, pero no obstante, esta condición no es reconocida como tal, ya que es presentada como “hecho sociológico” (el encomillado es mío) y no como un gesto político partisano.

GIDDENS Y LA TERCERA VIA: Giddens, intenta esbozar las consecuencias de su teoría sociológica para la política práctica, y hace una serie de propuestas para la “redefinición de la socialdemocracia después de la muerte del socialismo”. El trasfondo de su tesis, es que: la forma keynesiana de administración económica -principio básico de la socialdemocracia- se ha debilitado drásticamente. Para Giddens, los teóricos tradicionales de la socialdemocracia, se aferran a las instituciones tradicionales del Estado de bienestar, y no se replantean el cambio de provisión colectiva, subestimando el equilibrio necesario entre la responsabilidad individual y la colectiva. Giddens señala: “El objetivo de la política de la tercera vía debería ser ayudar a los ciudadanos a abrirse camino a través de las principales revoluciones de nuestro tiempo: la globalización, las transformaciones en la vida personal y nuestra relación con la naturaleza”. Giddens, entre otras propuestas y afirmaciones, argumenta su interés por la justicia social; sostiene que la expansión del individualismo debe ser acompañada por una ampliación de las obligaciones individuales; promueve lemas como: “ningún derecho sin responsabilidades”, o “ninguna autoridad sin democracia”. Pone gran énfasis en lo que denomina “confianza activa”, a los fines de mantener la cohesión social, y la solidaridad en contextos de modernización reflexiva.
    Giddens, señala -según Mouffe- que la política de la tercera vía busca la creación de un nuevo Estado democrático, que actuará en cooperación estrecha con la sociedad civil, en el contexto de una nueva economía mixta (sinergia entre el sector público y privado). Para Giddens, el Estado de bienestar no será abandonado, pero propone crear una sociedad de “tomadores de riesgo responsables”, y a la vez nos habla de “redistribución de posibilidades”.
    Por otro lado, Mouffe, resalta la naturaleza no conflictual de su proyecto político, cuando Giddens habla de una “política de nación única”. Además, Giddens, a través de su “política de vida”, intenta abolir el concepto de clase, y reemplazar por cuestiones de “estilo de vida”
    Para Mouffe, esta propuesta de Giddens de que la socialdemocracia se resigne a aceptar la actual etapa del capitalismo, constituye un movimiento drástico, ya que el objetivo de la socialdemocracia siempre ha sido enfrentar los problemas sistémicos de desigualdad e inestabilidad generados por el capitalismo. Tal perspectiva pospolítica, consensual, se caracteriza por evitar los conflictos fundamentales y por una evasión de todo análisis crítico del capitalismo moderno. Es por eso -nos dice Mouffe- que Giddens es incapaz de desafiar la hegemonía del neoliberalismo.

EL NUEVO LABORISMO INGLES: El nuevo laborismo Inglés, a través de la tercera vía, en las propuestas de Giddens, ha retomado la situación de hegemonía neoliberal, donde la dejó el thatcherismo, luego de dieciocho años.  La socialdemocracia fue absorbida por el neoliberalismo. Citando las referencias de John Gray, Mouffe nos señala que en el ámbito de las privatizaciones, Blair fue más lejos que Thatcher, y nos da como ejemplo la introducción de las fuerzas del mercado en el sistema judicial y en los servicios penitenciarios, y señala: “Aquí el mercado ha sido introducido en el núcleo mismo del estado”; veamos otros ejemplos: la desregulación  de los servicios postales y la introducción de las fuerzas del mercado en el Servicio Nacional de Salud.
    Una clara señal de la renuncia del nuevo laborismo a su identidad de izquierda es que abandonó su lucha por la igualdad. Para esta concepción -“consenso en el centro”- las clases han desaparecido, los términos claves son “inclusión” y “exclusión”; la sociedad inglesa es percibida, como compuesta principalmente por: las clases medias, una pequeña elite de los muy ricos, y aquellos que están “excluidos”.
    Las propuestas de Giddens, de asociación entre el Estado y la sociedad civil, adoptada con entusiasmo por el nuevo laborismo, han significado un resultado desastroso para los servicios públicos, así por ejemplo, la funesta historia de los ferrocarriles -tan evidente-, hizo que el Estado tenga que volverlos a adquirir.
Es así como una supuesta renovación de la socialdemocracia ha producido una “variante socialdemócrata del neoliberalismo”.
    Como resultado de todo esto, Mouffe, nos marca la drástica caída en la participación electoral de la ciudadanía inglesa.   

IV. LOS ACTUALES DESAFIOS A LA VISION POSPOLITICA

    El imagen optimista que brinda la “modernización reflexiva” y lo que ha dado en llamarse la “tercera vía”, no condice con la pérdida de legitimidad de las instituciones democráticas de muchas sociedades occidentales; por otro lado, el fin del orden mundial bipolar no ha conducido a un sistema más armonioso, sino a la explosión de una diversidad de nuevos antagonismos. La irrupción repentina de partidos populistas de derecha en Europa (Austria, Bélgica, Dinamarca, Suiza, los Países Bajos, Noruega, Italia, Francia, etc.) desacredita la afirmación de la desaparición de las identidades colectivas, por parte de los teóricos dialógicos.  
    Cuando las diferencias entre los partidos tradicionales se han vuelto mucho menos significativas, o cuando se asistió a gobiernos de coalición de largo periodo, circunstancias que de una u otra manera, habían establecido el “consenso del centro”, el populismo de derecha hizo incursiones serias.
    A nivel de política nacional, en los ejemplos -de países europeos- citados, la fuerte convocatoria de los partidos “antisistema” se debe a la incapacidad de los partidos democráticos establecidos, de proponer alternativas significativas, lo cual se entiende dentro del contexto del modo consensual predominante en la actualidad.
    La dimensión colectiva no puede ser eliminada de la política, si esta no es contenida por los partidos tradicionales, las identidades colectivas son proporcionadas por otras formas. Es claramente lo que está ocurriendo en el discurso derecha, que reemplaza la debilitada oposición izquierda/derecha por un nuevo tipo de nosotros/ellos construida en torno a una oposición entre “el pueblo” y “el establishment”.
    Los nuevos populistas son totalmente conscientes de que la política siempre consiste en la creación de un “nosotros” versus un “ellos”, y que requiere la creación de identidades colectivas. Cuando la política democrática ha perdido su capacidad de movilizar a la gente en torno a proyectos políticos distintos, y cuando se limita a asegurar las condiciones necesarias para el funcionamiento sin problemas del mercado, están dadas las condiciones para el surgimiento de demagogos políticos que articulen la frustración popular. Es así, como recién comentamos de los movimientos populistas de derecha en Europa, otro tanto ocurre por nuestras latitudes, aunque con otra matriz ideológica, sea el caso de Chávez en Venezuela.    

EL REGISTRO DE LA MORALIDAD: Un mecanismo particularmente perverso está en juego en las reacciones moralistas, cuando de política se trata -al menos. Este mecanismo consiste en asegurar la propia bondad mediante la condena del mal en los otros; explica el creciente rol desempañado por el discurso moralista en nuestras sociedades pospolíticas. El discurso político reactivo, en contra las escaladas de movimientos populistas de derecha en Europa (Austria, por Ej.), lo demuestra. Fue muy conveniente trazar una frontera en el nivel moral, entre “los buenos demócratas” y la “malvada extrema derecha”. Lo anterior, muestra una vez más,  como,  no existe consenso sin exclusión, ningún “nosotros” sin un “ellos”, y ninguna política es posible sin el trazado de una frontera.
    Existe, de acuerdo con Mouffe, un vínculo directo entre el debilitamiento de la frontera política característica del modelo posadversarial y la “moralización” de la política. La oposición “nosotros”/”ellos”, en lugar de ser construida en términos políticos, se construye ahora según las categorías morales del “bien” versus el “mal”. Y no es que la política ha sido reemplazada por la moralidad, sino que se está expresando en el registro moral, y lejos de crear las condiciones para una forma más madura y consensual de democracia, el hecho de proclamar el fin de la política adversarial produce entonces el efecto exactamente opuesto, y es ahí donde los antagonismos no pueden adoptar una forma agonista.
    No se puede negar que la perspectiva política pospolítica, al dificultar la creación de una esfera pública agonista vibrante, conduce a concebir al “ellos” en lo “moral”, es decir “enemigos absolutos”, promoviendo por lo tanto la emergencia de antagonismos que pueden poner en riesgo las instituciones democráticas.

EL TERRORISMO: En este tema, Mouffe vuelve a “respaldarse” en Carl Schmitt, cuyo discurso, lejos de justificar la estrategia de Bush -algunos relacionan a los neoconservadores del entorno Bush con la concepción política de Schmitt- nos ofrece numerosas ideas. Mouffe, nos ilustra: Schmitt era muy crítico del universalismo liberal y su pretensión de ofrecer el único sistema político legítimo y verdadero. Criticaba a los liberales por utilizar el concepto de “humanidad” como un arma ideológica de expansión imperialista, y entendía la ética humanitaria como vehículo del imperialismo económico, del mismo modo criticaba a aquellos que en nombre de la humanidad, hacían mal uso de la paz, la justicia, el progreso y la civilización con el fin de reivindicarlos como propios  y negar los mismos al enemigo. Paradójicamente, las guerras en nombre de la humanidad, son particularmente inhumanas, y Schmitt rechaza ese rasgo típico del universalismo liberal, que en nombre de los derechos humanos se arroga el derecho y el deber de imponer su orden al resto del mundo.
    Schmitt advertía, que cualquier intento de imponer un único modelo a todo el mundo tendría graves consecuencias, lo cual se manifestó y se sigue manifestando cada vez más en la actualidad. Las categorías de “guerra justa”, como el de “justa causa”, así lo atestiguan. Desde el 11 de setiembre de 2001 las reflexiones de Schmitt sobre el estatus de una “política posestatista” se han vuelto más relevantes que nunca.
    Mouffe, sostiene que la situación en la arena internacional, es similar en gran parte, a lo que -ella- señalo respecto a la política nacional: la ausencia de un pluralismo efectivo conlleva la imposibilidad de que los antagonismos puedan encontrar formas de expresión agonistas, es decir, legítimas. Por lo cual no resulta sorprendente que, cuando estallan, adoptan formas extremas. La autora, considera que la falta de canales políticos para desafiar la hegemonía del modelo neoliberal, constituye una causa de proliferación de discursos y prácticas de negación radical del orden establecido; y en este contexto, el terrorismo realza los peligros implícitos en las falacias del discurso universalista globalizador, que postula que el progreso humano requiere el establecimiento de una unidad mundial basada en la implementación del modelo occidental.

LA UNIVERSALIDAD DE LA DEMOCRACIA LIBERAL: Gran parte de la teoría democrática está dedicada a probar la superioridad de la democracia liberal, que es presentada como el único régimen justo y legítimo, cuyas instituciones, en condiciones ideales, serían elegidas por los individuos racionales.
    Mouffe, nos transcribe conceptos de Jürgen Habermas, unos de los defensores más sofisticados de la superioridad moral y la validez de la democracia constitucional liberal, de los cuales hacemos una síntesis: Habermas ambiciona la articulación del dominio de la ley y la defensa de los derechos humanos con la democracia entendida como soberanía popular.
    Históricamente, respecto a que debería tener prioridad: derechos humanos o soberanía popular, resulta en que: para los liberales un gobierno legítimo es aquel que protege la libertad individual y los derechos humanos (siguiendo a Locke), mientras que, para los demócratas y republicanos, la fuente de legitimidad recae en la soberanía popular (siguiendo a Rousseau).  Para Habermas, al sostener que esa competencia es inaceptable, afirma haber cerrado esa disputa gracias a su enfoque, al mostrar la cooriginariedad de la autonomía pública y privada. Habermas, al intentar reconciliar los dos elementos, establece la naturaleza racional de la democracia liberal y su validez universal. De manera que, toda oposición es automáticamente considerada como irracional: retraso moral e ilegítimo.
    Habermas afirma que: “los derechos humanos pertenecen estructuralmente a un orden legal positivo y coercitivo que fundamenta demandas legales individuales; hay que reivindicar el estatus de derechos básicos dentro del contexto de un orden legal existente”. Habermas si bien reconoce, la tensión que se produce entre el significado moral universal y sus condiciones locales de realización, está convencido de que su institucionalización global está en marcha, y que la aceptación mundial de un sistema legal cosmopolita es solo cuestión de tiempo. Esta firmemente convencido de que proveen el único fundamento aceptable de legitimación, y de que cualquiera sea su origen, “los derechos humanos nos enfrentan hoy a una realidad que no nos deja opción”.
    Mouffe invoca a William Rasch, quien cuando comenta la propuesta de Habermas, nos dice: su énfasis en el procedimiento y la universalidad de su “principio discursivo”, hace que la opción que enfrentan las “sociedades asiáticas” (Ej. Dado por Habermas) o cualquier otro pueblo, sea entre la identidad cultural y la supervivencia económica; en otras palabras, entre la exterminación física y la cultural”. Mouffe, luego nos señala: la universalización forzada del modelo occidental, en lugar de traer paz y prosperidad, conducirá a reacciones aún más sangrientas por parte de aquellos cuyas culturas y modo de vida están siendo destruidos por este proceso. La negación liberal de lo político, constituye un serio obstáculo; el mundo (Schmitt) no es un “universo” sino un “pluriverso”.  
    Mouffe, resalta otro aspecto que revela el discurso de naturaleza antipolítica de Habermas, cuando el filósofo nos marca: “…la accesibilidad general a un proceso deliberativo cuya estructura fundamenta una expectativa de resultados racionalmente aceptables”. Mouffe, se interroga: ¿Qué son esos “resultados racionalmente aceptables”? ¿Quién decidirá sobre los límites de la voluntad política? ¿Cuáles serán los fundamentos para la exclusión?, y como respuesta se apropia de Schmitt cuando afirma: depende de quien los interpreta, los define y los utiliza; quien detenta el poder real es capaz de determinar el contenido de los conceptos y las palabras.
    En una orientación liberal teórica diferente, pero con algunos aspectos compartidos, Mouffe nos muestra el enfoque “pragmático” de Richard Rorty; quien a pesar de ser crítico del tipo racionalista de universalismo de Habermas, coincide en el deseo de su implementación universal. Rorty se diferencia -en este contexto- de Habermas en que la universalidad de la democracia liberal debería concebirse en términos de persuasión y progreso económico, tipo: “alcance universal”, y no “validez universal” como propone Habermas. Rorty, que defiende un “liberalismo burgués posmoderno”, niega “lo político” en su dimensión antagónica, no es un racionalista, pero acepta que la objetividad social se construya mediante actos de poder; el pragmatismo de Rorty no puede proporcionar un marco adecuado para una política democrática pluralista.     

V. ORDEN MUNDIAL: ¿COSMOPOLITA O MULTIPOLAR?

    Los teóricos que afirman que, con el fin del mundo bipolar, se plantea ahora la posibilidad de establecer un orden mundial cosmopolita; con la desaparición del enemigo comunista, los antagonismos pertenecen al pasado, y que, en tiempos de globalización, el ideal cosmopolita elaborado por Kant puede finalmente realizarse.
Los ideólogos de un orden cosmopolita, proponen -entre otros puntos- reformar las Naciones Unidas e incrementar el poder de las instituciones judiciales internacionales, a fin de asegurar la primacía de la ley sobre la fuerza y el ejercicio del poder. Sin embargo, entre los teóricos se distinguen dos posturas: una versión neoliberal, y una versión más democrática. Los de la versión neoliberal, esgrimen una visión idealizada de EEUU, cuya política es entendida como la promoción de los valores liberales: el libre comercio y la democracia liberal, y glorifican la globalización como portadora de los beneficios y virtudes del capitalismo en todo el mundo. Con el liderazgo de EEUU, y con la ayuda del FMI y la Organización Mundial del Comercio (OMC), consideran que el mundo dará un importante paso hacia la unificación de nuestro planeta y la implementación de un orden global justo. El obstáculo a esa utopía es la resistencia de los Estados-nación; pero gracias a los avances de la globalización será finalmente superado. Mouffe, cree que no vale la pena perder mucho más tiempo es esta celebración acrítica de la hegemonía neoliberal; su inclinación ideológica -nos señala- es evidente, y no deja ningún espacio para la política.
    Con respecto a la “versión democrática”, Mouffe la considera más interesante: atribuye a la política un rol más importante. Basada en Nadia Urbinati, Mouffe nos acerca los partidarios de tal versión: Richard Falk, quien privilegia la sociedad civil como el lugar principal de la democracia, David Held y Daniele Archibugi, quienes ponen énfasis en la esfera política y en el ejercicio de la ciudadanía, que -desde sus perspectivas- debe extenderse más allá del Estado-nación a fin de volverse cosmopolita.

TRANSNACIONALISMO DEMOCRATICO: Richard Falk, junto a Andrew Strauss, en un enfoque centrado en la sociedad civil, formulan una visión del “transnacionalismo democrático”, en donde “exigen la resolución del conflicto político a través de un proceso político transnacional abierto, centrado en el ciudadano /lo societario (en lugar del Estado o el mercado). El núcleo de esta propuesta, estaría canalizado por una Asamblea Parlamentaria Global (APG), cuyos poderes siempre deberían ser ejercidos según la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y representa una alternativa a la respuesta estatista centrada en la seguridad nacional; promueve -entre otros aspectos- la “globalización desde abajo” y lo que, resultaría en una “ sociedad civil global”, amén de una series de numerosas prioridades, bien intencionadas, en el contexto de la realidad mundial (no se analizan por razones de espacio). A esta postura, Mouffe señala: “la principal deficiencia del transnacionalismo democrático es que, el liberalismo tradicional, concibe al Estado como la dificultad principal, y piensa que la solución radica en la sociedad civil”.
    No resulta sorprendente, encontrar ideas similares, respecto a una posible alianza entre las fuerzas de la sociedad civil y las corporaciones transnacionales en la obra de Ulrich Beck  -ya analizado-. Beck apuesta a que la ciencia social cosmopolita, desacredite el “modelo obsoleto” basado en que el poder y la política deben estar centrados en el Estado, y promueve la idea de Estados “desterritorializados” y “desnacionalizados”. Para Beck, el futuro radica en el “Estado cosmopolita” basado en el principio de la falta de diferenciación nacional. Tal estado, dotado de una “soberanía cosmopolita” garantizaría una diversidad genuina y establecería los derechos humanos fundamentales. Basado en el “ejemplo cosmopolita” de  Europa, entiende que no hay motivo para que este modelo no se extienda al resto del mundo; y para esto -según el- el capitalismo es vital, aunque se interroga: “¿Podría el capitalismo convertirse en un factor del reestablecimiento cosmopolita de la democracia?    

DEMOCRACIA COSMOPOLITA: Daniele Archibugi ha propuesto denominar “cosmopolítico” en lugar de “cosmopolita”, al enfoque que,  junto con David Held, han  elaborado. Con su propuesta, no defiende el fin de los Estados-nación, sino que afirma que un nivel de representación global podría coexistir con los estados ya constituidos, estos mantendrían algunas de las funciones políticas y administrativas. Afirma que, ha llegado el momento de imaginar nuevas formas de democracias derivadas de los derechos universales de los ciudadanos globales, y sugiere que pasar de una democracia nacional a una global significa algo semejante a la revolución conceptual que en el siglo XVIII permitió pasar de la democracia directa a la democracia representativa.
    David Held -coautor- nos brinda información puntual y específica; en el corto plazo propone: El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas tendría que ser reformado para volverse más representativo, y debería crearse una segunda cámara de las Naciones Unidas conjuntamente con parlamentos regionales. Debería ampliarse la influencia de las cortes internacionales para reforzar un clúster (racimo) de derechos claves, tanto civiles como políticos, económicos y sociales, y debería establecerse una nueva Corte Internacional de Derechos Humanos. Finalmente -nos dice- habría que instituir una fuerza internacional efectiva y responsable, para intervenir contra los Estados que violan repetidamente esos derechos. En el largo plazo: imagina un gobierno democrático global, una asamblea autorizada de todos los Estados democráticos y organismos afines para: medioambiente, salud, dieta, economía, guerra, etc. Según Held, debería haber un desplazamiento permanente creciente de las capacidades militares coercitivas de los Estados-nación hacia instituciones globales, como medio de resolución de conflictos.
Held también, propone una institución de “derecho público democrático internacional”.
Lo precedente, constituye a grandes rasgos las propuestas de Archibugi-Held.
    Mouffe, se muestra escéptica ante este tipo de proposiciones, que hacen al enfoque cosmopolítico, e invocando a Danilo Zolo, cree que es completamente ilusorio creer en la posibilidad de reformar las Naciones Unidas, dada la enorme disparidad de poder de sus miembros. Mouffe opina que, el enfoque cosmopolítico -al igual que el enfoque de Habermas, ya analizado- pone más énfasis en la función legitimante de los derechos humanos que en su ejercicio democrático, y sostiene que la construcción cosmopolita del ciudadano global es otro intento de privilegiar la moralidad por sobre la política.            
En este contexto, los nuevos derechos de los ciudadanos cosmopolitas son, por lo tanto, una quimera: constituyen reivindicaciones morales, no derechos democráticos; por otro lado el enfoque cosmopolita termina sacrificando los viejos derechos de soberanía, al justificar el derecho de instituciones internacionales de socavar la soberanía a fin de defender la ley cosmopolita, niega los derechos democráticos de autogobierno a los ciudadanos de numerosos países. Además, cuando Held habla del mundo “cosmopolítico” y de  “todos los Estados democráticos”. ¿Quién va a decidir que Estados son democráticos, y sobre que criterios?
    Si bien Held, ofrece una alternativa progresista de tipo socialdemocratica al actual tipo de globalización económica neoliberal, diseñada por los EEUU, al ir más allá de los poderes y restricciones de los Estados-naciones, en el contexto del orden “cosmopolítico”, significaría tener mayor cantidad de personas directamente bajo el control de Occidente, con el argumento de que su modelo es el más idóneo para la implementación  de los derechos humanos y los valores universales. Y todo esto, para Mouffe, está destinado a despertar fuertes resistencias y a crear antagonismos peligrosos.   

DEMOCRACIA Y GOBERNACION GLOBAL: Con respecto a este tema una vez más, Mouffe nos señala: Todo orden es necesariamente un orden hegemónico. Creer en la posibilidad de una democracia cosmopolita con ciudadanos cosmopolitas que posean los mismos derechos y obligaciones, un grupo que coincidirá con la “humanidad”, es una ilusión peligrosa. Si tal proyecto alguna vez se realizara, solo podría significar la hegemonía mundial de un poder dominante que habría logrado imponer su concepción del mundo sobre todo el planeta y que, identificando sus intereses con los de la humanidad, consideraría cualquier desacuerdo como un desafío ilegitimo a su liderazgo “racional”.
    Con respecto a la visión planteada por Michael Hardt y Antonio Negri en Imperio, un libro que ha sido aclamado como “El Manifiesto Comunista del siglo XXI”, con un gran impacto, y haber despertado muchas expectativas, Mouffe cree, a pesar de la terminología deleuziana y la retórica revolucionaria, existen muchas “perversas” similitudes entre las perspectivas de Hardt  y Negri y las de los teóricos de la tercera vía y los liberales cosmopolitas que afirman la necesidad de “repensar la política”. Entre otras críticas, Mouffe, muestra la actitud negativa por parte de Hardt y Negri, para defender los Estados de bienestar nacionales, inclusive la desestimación de la importancia de la Unión Europea, y nos señala: Para un libro que se presenta así  mismo como una nueva visión de la política radical, Imperio carece seriamente de estrategia política. A su vez, Mouffe sostiene que este libro se anuncia mesianicamente, nunca lo hace teóricamente. Su idea de que el deseo de la multitud va a provocar el fin del imperio evoca el determinismo de la Segunda Internacional, con su preedición de que las contradicciones económicas del capitalismo conducirían a su colapso. Desde luego, en este caso ya no es el proletariado el sujeto revolucionario, sino la “multitud”. Pero, a pesar del nuevo vocabulario, sigue siendo el mismo viejo enfoque determinista que no deja ningún espacio a la intervención política efectiva.
    Para Mouffe, sería un serio error para el movimiento antiglobalización adoptar la perspectiva planteada por Imperio, habida cuenta de que el vocabulario deuleziano movilizado por Hardt y Negri puede resultar seductor.  El movimiento antiglobalización, “movimiento de los movimientos” tiene como principal desafío transformarse en un movimiento político que plantee propuestas alternativas concretas, y es bueno y es cierto que se han dado los primeros pasos a partir de la organización de los Foros Sociales Mundiales, así como también los diferentes foros regionales, pero muchos temas importante están pendientes, y determinarían su forma y posibilidades de éxito en los próximos años.   
    A pesar de las afirmaciones realizadas en Imperio, los Estados-nación aún constituyen actores importantes, y si bien las compañías internacionales prescinden muchas veces de los Estados, no pueden prescindir del poder de los mismos. Doreen Massey, según Mouffe, destaca: El espacio globalizado es un espacio “veteado”, con una diversidad de sitios, donde el poder se articula en forma local, nacional y regional. Hay una diversidad de puntos, que hacen que la lucha no se concebida simplemente a nivel global; numerosas ciudades del mundo pueden interconectarse y constituir una variedad de resistencia, y de esos sitios lanzarse una “guerra de posición” -tomando un término de Gramsci-.
    Por lo antes referido, sería un grave error para el movimiento antiglobalización seguir los consejos de Hardt y Negri y considerar esas lealtades como reaccionarias.      
Tampoco la visión de Hardt y Negri de un “espacio globalizado armonioso”, ni la perspectiva cosmopolita, logran reconocer la naturaleza pluralista del mundo, el hecho de que es un “pluriverso” y no un “universo”. Imperio con su idea de “democracia absoluta”, con un Estado de inmanencia radical más allá de la soberanía, es la forma posmoderna de anhelar un mundo “reconciliado” -un mundo donde el deseo habría triunfado contra el orden, donde el poder constituyente inmanente de la multitud habría derrotado al poder constituido trascendente del Estado, y donde lo político habría sido eliminado-.
    Cualquiera sea la versión -liberal o de ultraizquierda- nos impide entender cual es el verdadero desafío que enfrenta la política democrática tanto a nivel nacional como internacional: no como superar la relación nosotros / ellos, sino como concebir formas de construcción del nosotros / ellos compatibles con un orden pluralista.  


HACIA UN ORDEN MUNDIAL MULTIPOLAR: Estamos viviendo un mundo unipolar, donde no existen canales legítimos para oponerse a la hegemonía de EEUU, y si no logramos comprender su naturaleza y aceptar seriamente el pluralismo, el anunciado “choque de civilizaciones” puede ocurrir. Es urgente renunciar a la ilusión de un mundo unificado y trabajar por el establecimiento de un mundo multipolar.
    La izquierda debería reconocer el carácter pluralista del mundo y adoptar la perspectiva multipolar. Máximo Cacciari en boca de Mouffe, al examinar la “cuestión islámica”, nos previene contra la creencia de que la modernización del Islam debería tener lugar mediante la occidentalización.
   Muchos intelectuales, dada la supremacía indiscutida de los EEUU, afirman que el proyecto de un mundo multipolar es irreal, pero ciertamente no es más irreal que la visión cosmopolita. De hecho, la emergencia de China como un superpoder demuestra que tal dinámica de pluralización, ya está funcionando. Además se están formando bloques regionales cuyos objetivos son, lograr cierta autonomía y poder de negociación; este es el rumbo que evidencian varios países de América Latina, en su intento de fortalecer el MERCOSUR por ejemplo, entre otras medidas; una dinámica similar se está estableciendo en la asociación de varios países del este de Asia en el ASEAN, y es probable que la atracción de tal modelo se incremente.
    Una vez que se admite que no existe un “más allá de la hegemonía”, la única estrategia concebible para superar la dependencia mundial de un solo poder es encontrar modos de “pluralizar” la hegemonía.
    Mouffe, apropiándose de Danilo Zolo, nos dice: Un equilibrio multipolar constituye la condición necesaria para que el derecho internacional ejerza incluso esa mínima función que es la contención de las consecuencias más destructivas de la guerra moderna.

VI. CONCLUSION

    Mouffe, nos señala que, son años decisivos; con el advenimiento del “nuevo orden mundial” han surgido nuevos antagonismos que representan grandes desafíos. La comprensión de su naturaleza requiere aceptar la dimensión no erradicable de los mismos. El fin de una forma de política adversarial y la superación de la división izquierda / derecha, en vez de facilitar la pacificación, ha creado el terreno para el surgimiento de movimientos populistas de derecha. Lo que está en juego en la oposición izquierda / derecha -históricamente- es lo que concierne a actitudes opuestas en lo que respecta a la redistribución social (Bobbio), y ahora -sobre todo- al reconocimiento de la división social y la legitimación del conflicto. 
   Sin duda, que el contenido de la derecha y la izquierda vienen variando, y lo seguirá haciendo, pero la línea divisoria debe permanecer; su desaparición indicaría que se niega la división social y un conjunto de voces habrían sido silenciadas. 
   El pluralismo que plantea Mouffe, requiere discriminar entre demandas que deben ser aceptadas como parte del debate agonista, y aquellas que deben ser excluidas. No acepta -y nos invita a hacerlo-, a aquellas demandas que cuestionen las instituciones básicas constitutivas de la sociedad, como “adversarios legítimos”. El enfoque agonista no pretende abarcar y superar todas las diferencias, pero las exclusiones son concebidas en términos políticos, no morales. Para Chantal Mouffe, la democracia requiere un “consenso conflictual”: sobre los valores éticos políticos de la libertad e igualdad para todos, disenso sobre su interpretación; por lo que debería trazarse una línea entre aquellos que rechazan esos valores, pero a diferencia de John Rawls, siempre la frontera entre lo legítimo y lo ilegitimo, es terreno de la decisión política, y no racional y/o moral.  
    El modelo de modernidad occidental, no es la única forma adecuada de relacionarse con el mundo y con los otros; está lejos de ser la única forma de sociabilidad. La posibilidad de ilustraciones no occidentales son fundamentales para la formulación del enfoque multipolar. Es hora de abandonar el principio eurocéntrico según el cual nuestro modelo tiene un título exclusivo sobre la racionalidad y la moralidad.
    En lo que respecta a los derechos humanos (extensamente fundamentados, y con numerosas citas), Mouffe propone reconocer la pluralidad de formulaciones, no exentas de su carácter político. Su debate, no puede concebirse únicamente, en el contexto de moralidad y racionalidad, como únicos criterios legítimos. Hay que dar lugar a una pluralidad de interpretaciones legítimas.
    Y con respecto a Europa, acercamos una síntesis de las ideas de Mouffe: Para que Europa afirme su identidad es la idea misma de “Occidente” lo que debe cuestionarse, a fin de abrir camino a una dinámica de pluralización. Es solo a nivel Europeo, que uno puede concebir una alternativa posible al neoliberalismo. Si bien, esta no es la orientación que ha tomado la Unión Europea, debemos convencernos de la importancia de la lucha a nivel europeo a fin de influir en la futura configuración de Europa. Piensa la autora, que una Europa verdaderamente política solo puede existir en relación con otras entidades políticas, como parte de un mundo multipolar, contribuyendo al establecimiento de un equilibrio entre polos regionales.
    Finalmente, el objetivo no puede ser la universalización del modelo democrático liberal de Occidente. Aquellos que no aceptan aquel modelo, no pueden ni deben ser presentados como “enemigos de la civilización”. Sin duda seguirán existiendo conflictos en un mundo multipolar, pero en tal caso es menos probable que esos conflictos adopten una forma antagónica. Tenemos el poder de crear prácticas, discursos e  instituciones que permitirían que esos conflictos adopten una forma agonista, y debemos abandonar la ilusión de un mundo reconciliado, en el cual el poder, la soberanía y la hegemonía hayan sido superados.

                                                                               

                                                                         Ramón H. Alvarez, 04/09/2007.     





[1] Partisano m. POLÍT. Nombre difundido a partir de la segunda Guerra Mundial y que designa al miembro civil de una organización de resistencia armada, que lucha en la clandestinidad y utiliza la táctica guerrillera contra la autoridad constituida o el ejercito ocupante. Lexis22, 16. Diccionario enciclopédico, 1983.
Según Mouffe, basándose en Schmitt, la aparición de partisanos está vinculada al hecho de que las limitaciones a la hostilidad han sido levantadas. Habiendo sido privados de todos los derechos, los partisanos encuentran sus derechos en la hostilidad. Una vez que la legitimidad que servía como garantía de su derecho y protección legal ha sido negada, es en la hostilidad donde los partisanos encuentran un sentido para su causa. Pág. 87.